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La Coctelera

Categoría: Gajitos de mí

Mudanza.

He decidido mudarme. La Coctelera comenzó fuerte, pero hace tiempo que pierde fuelle. No actualiza y muchas cosas no funcionan como deberían. No culpo a nadie, ojo. Administrar un sitio así no debe de ser fácil, especialmente si tienes una vida más allá de píxeles y códigos. Los usuarios no solemos ser muy amables con estas cosas. Yo, en realidad, paso. Siempre he sido partidaria de cambiar de sitio en el momento en que me aburriera, me cansara o me apeteciera, sin más, sin quejas ni insultos.

La Coctelera tiene muchos usuarios, así que saldré por una puerta pequeñita y nadie se dará cuenta. Aquí dejo todo lo que escribí desde que comencé hace más de cuatro años. Este espacio es como todos, hecho con una plantilla que comparto con miles de usuarios. He escrito en él millones de palabras, con más o menos acierto, como lo han hecho y hacen los demás. Pero para cada cual su obra es su pequeña criatura, así que guardo un gran cariño por él. No lo borraré: aquí seguirá mientras La Coctelera funcione. Continuaré consultándolo por si alguien comenta, pero no publicaré en él más artículos.

Es hora de volar con alas nuevas, no sé si más alto o más bajo, pero la cuestión es volar.

Next stop: Frutos secos y cascanueces

Cosas que pasan.

Por ejemplo: después de pensar que estaba todo perdido y que no cabían más remiendos, resulta que sí, aún quedaba tela por coser y, además, como las estrellas de mar cuando pierden un brazo, rápidamente el tejido se ha regenerado. Las relaciones evolucionan, no son siempre igual. Hay que aprender de los errores, encajar el tiempo y salvar las diferencias. Nadie es perfecto, por mucho que al principio todo sea idílico. Después, cuando bajas de las nubes, tienes que reubicar a tu pareja en un mundo real, y no en ese imaginario de los comienzos. Puede llegar a ser una transición difícil y traducirse en una crisis, especialmente cuando los caracteres son muy similares y todos los elementos comunes que al comienzo eran puentes luego se hacen muros. Intentar que sean de nuevo puentes casi siempre es una tarea complicada que requiere esfuerzo por ambas partes. A medida que pasa el tiempo, las personas se alejan un poco más de la supuesta perfección inicial, pero eso ya no es tan importante como la primera apertura de ojos. Ésa es la esencial, es como la cocción del barro: después de cocido, es mucho más resistente.

Así que, para terminar la faena, he optado por dar un giro de 180 grados en mi vida. He mandado al garete el doctorado (en realidad ha sido mutuo, así que no me pesa) y he decidido hacer una pequeña locura de esas que, si no lo decides en un momento, nunca se hacen: me voy cinco o seis meses a vivir con mi novio al extranjero, concretamente a Países Bajos.

La decisión no ha sido algo precipitado, aunque lo publique ahora. Hace unos meses que la tomé, visto que encauzamos muy bien la relación (afortunadamente, ambos somos bastante reflexivos), y la idea sigue su curso. El día nueve de este mes partimos hacia una pequeña ciudad neerlandesa: Leeuwarden, capital de la provincia de Frisia.

No sé qué me deparará este viaje. En principio busco una experiencia nueva, vivir fuera de mi -hasta ahora- reducido entorno español y aprender de ello. Practicar inglés, trabajar quizá (si la situación lo permite), conocer personas distintas en un lugar diferente, probar la convivencia en pareja... Muchas cosas. Cosas importantes. Ahora que estoy rompiendo mis esquemas tengo la sensación de que va a ser una experiencia enriquecedora.

Espero éxito. Y espero tener tiempo -e Internet, claro- para contar aquí cómo me va todo por allí. Después de una temporada un tanto muda (aunque últimamente menos muda), creo que por fin va a reactivarse mi pequeño rincón.

Sobre abrir los ojos y la apostasía.

Como a la inmensa mayoría de los españoles, mis padres me bautizaron en la fe católica cuando era un bebé. Nadie me preguntó y nadie esperó a que tuviera edad suficiente como para reflexionar sobre la fe y aceptar o rehusar su profesión. El catolicismo se me impuso y a nadie parece importarle que se trata de una violación de un derecho humano fundamental: la libertad.

No puedes votar a tus representantes políticos hasta que no alcanzas la mayoría de edad, no puedes fumar, consumir bebidas alcohólicas o entrar en discotecas hasta que no alcanzas la mayoría de edad y ni hablar de comprar o alquilar cine pornográfico o de entrar en Sex-Shops, entre otras cosas que tampoco puedes hacer hasta que no alcanzas la mayoría de edad... El motivo de existir una mayoría de edad, tal y como lo indican en la página enlazada, reside en "la necesidad de que la persona haya adquirido una madurez intelectual y física suficiente como para tener una voluntad válida para obrar algunos actos que antes no podía por sus carencias nombradas anteriormente".

¿Y por qué decidir tu fe no es un acto que requiera dicha madurez intelectual? ¿Por qué no deberíamos esperar a adquirir la mayoría de edad para elegir o no elegir una fe? ¿Por qué alguien puede decidir por ti tus creencias y bautizarte en una fe sin tu permiso? ¿Por qué toleramos esa aberración de bautizar bebés, seres indefensos con nula capacidad de obra y decisión? Y no sólo eso, ¿por qué permitimos que a los niños, mentes inmaduras y manipulables, se les instruya en una fe y se les haga partícipes de actos religiosos? La religión no es conocimiento ni sabiduría, es adoctrinamiento e instrucción, ¿por qué se acepta semejante lavado de cerebro desde la infancia?

Pues bien, mientras esto siga así, la única alternativa cuando el ser humano abre los ojos es apostatar. ¿Y por qué apostatar? Cuando uno/a se da cuenta de que la religión ni se sostiene ni fundamenta y de que todo es una invención humana -lo mismo que nuestra mente fue capaz de inventar la escritura, la ropa, la máquina de vapor, la dinamita o el coche, también fue capaz de inventar personajes a quienes dimos el virtual poder de las deidades- para atemorizar al pueblo con pecados, castigos e infiernos, y para controlarlo y manipularlo al antojo de unos cuantos uniformados que han sabido ver el negocio, entonces sólo quedan ganas de no querer tener ninguna clase de relación -por diminuta que esta sea- con dicho invento.

Lo mismo que unos dicen: "yo soy objetor de conciencia y no quiero tocar armas, inventos destructivos del hombre", yo digo: "yo soy objetora de conciencia y no quiero pertenecer a ninguna religión, inventos destructivos del hombre".

La apostasía es aplicable a cualquier religión, aunque en nuestro entorno (hablo de España) lo más habitual es la renuncia de la fe católica. Y eso incluye eliminar cualquier dato nuestro contenido en los archivos eclesiásticos. Si no lo hacemos, aunque nuestra fe no exista, seguiremos figurando como creyentes y miembros de la Igesia (y ésta seguirá recibiendo dinero y acumulando poder por ello).

A pesar de su maldad -cruel y sanguinaria en otros tiempos no tan lejanos y aun ahora, con su pasivo actuar, siempre esperando a ver cuál es el caballo ganador para apostar por él y hacer algo (siempre en su beneficio, por supuesto) o no hacer nada según el momento y el lugar- y de su evidente engaño, la comunidad eclesiástica católica sigue gozando de un gran peso político y de una gran influencia en la sociedad. A pesar de sus numerosísimos, prolongados y truculentos escándalos de pederastia -acto infame, vil y desviado donde los haya-, no se ha despojado a la Iglesia católica de su poder. Prácticamente las cosas siguen igual que si no se hubiera destapado nada.

Los miembros organizados de la Iglesia católica y todo su insultante lujo me dan asco. Predican todo aquello que jamás han cumplido ni cumplirán. Hablan de pecado y de cosas prohibidas que luego ellos cometen amparados por el silencio y la protección de sus fieles gobiernos. Sus opiniones obsoletas y sus continuas intromisiones en la Ciencia contribuyen a frenar el natural y vital avance del verdadero conocimiento humano. Su máximo representante aboga por erradicar el hambre vestido con seda bordada en oro y con adornos de oro y piedras preciosas, y lo hace desde el balcón central de un gigantesco templo, la basílica de San Pedro en el Vaticano, ostentación de riqueza inaceptable, burla que ridiculiza la humildad y la caridad de las que tanto alardea su institución.

Apostatar puede ser una tarea complicada porque la Iglesia Católica, desde su sectario interés por mantener el mayor número de fieles -aunque sólo sean eso, números-, suele rechazar las apostasías. Muchas personas no saben que pueden hacerlo, pero las diócesis tienen la obligación de borrar los datos de todo aquel que legalmente lo solicite. Cuando se decide apostatar, la siguiente cuestión es cómo. Para que el proceso sea correcto, existen algunas páginas como Apostasía (que es española) o Apostasía Colectiva (enfocada hacia Sudamérica), en las que te informan detalladamente de los pasos a seguir y de qué hacer para conseguir el propósito si nuestra solicitud es rechazada en primera instancia.

La hegemonía de las religiones debe acabar. Ninguna religión supone un conocimiento válido, todas necesitan adoctrinar e inculcar sus preceptos porque no tienen sustento real ni lógico. Permitir que esto continúe sucediendo, en estos tiempos y en los tiempos futuros, es condenarnos al retraso perpetuo.

Río de lágrimas.

Estoy desbarajustada, desmontada, desarticulada, desmenuzada, desbaratada, deshecha, deshilachada. Sólo quiero llorar. Cuando volvía hacia casa llovía: el cielo también quería llorar. Me he acordado de una canción y me he sentido como un animal abandonado. Me he sentado en un banco debajo de mi paraguas y he acompañado al cielo en su llanto.

La tela se va rompiendo. Cuando es nueva no se rompe aunque tires de ella. Pero cuando ya no es tan nueva, cuando ya la has lavado alguna vez, los tirones que antes no hacían nada ahora la van desgarrando. Al principio sólo oyes las fibras ceder. Sabes que la tela se ha dañado, pero no lo ves y sigues usándola. Conforme tiras más veces de ella oyes más fibras que ceden, aunque la tela parece fuerte y no le das importancia. Hasta que un día uno de los tirones produce un desgarro. Ahora sí, ahora el daño ya es visible. Al principio te preocupas, le tienes mucho cariño. Luego te las ingenias para dismular el desgarro: un remiendo por aquí, un remiendo por allá. Hay que intentar no desgarrarla más. Pero no puedes evitarlo, sigues tirando de ella. A veces, no sabes por qué, acabas tirando tanto que otra vez la desgarras. Quieres conservarla, no quieres que se rompa del todo, así que la zurces de nuevo y sigues usándola. Pero no dejas de tirar. Así que no dejan de salir desgarrones por todas partes. Ahora se rompen también los remiendos. Pensabas que la habías cosido fuerte, pero hasta ese hilo nuevo ha cedido. Ya es muy tarde, la tela se ha roto completamente. Ya no puedes hacer nada con ella. Tenía tantos zurcidos y tantos parches que ya no queda nada de la tela original. Ya deja de tener sentido seguir tapando desgarros: la tela es vieja, está totalmente rota y ya no sirve para nada.

Cuando lo conocí era perfecto. Su sonrisa, sus ojos cariñosamente tristones, su ternura, sus caricias, su alegría, su fuerza, su entusiasmo, siempre cerca de mí, siempre dándome calor, protegiéndome de todo, siendo mi luz y mi cayado. Después descubrí que no era perfecto. Que a veces también se enfadaba y que era un poco tozudo. Pero no me importaba: yo también lo soy. Seguía siendo el de siempre. Aunque a veces se pusiera serio, alzara la voz y dijera cuatro cosas... Bueno, nadie es un ángel, todos nos enfadamos. Yo también me pongo seria, alzo la voz y digo cosas. Pero después eran demasiadas veces, demasiadas discusiones, demasiado alzar la voz, demasiadas cosas dichas. Llega un momento en que ya no sabes si tiene sentido enfadarse una o que él se enfadade. Ya no es "normal" enfadarse, ya es la ira por la ira. Y él ya no es la persona positiva y enérgica que conocí. Ya no lo da todo por mí. Ya no confía en mí. Ya no cree en mí. Ahora ya es como los demás. Como cualquiera. Y yo también he cambiado. Yo también soy una persona gris, en un mundo totalmente gris. El desierto ha vencido al pequeño oasis que habíamos construido juntos. Y, paradójicamente, ahora soy un río. Un río de lágrimas.

Sobre el blog.

Me saca de mis casillas -y por ello, salvo excepciones, no lo hago nunca- escribir que mis artículos son mi opinión. Sinceramente, es una perogrullada, se sobreentiende, pues un blog es un espacio de opinión, por definición.

El hecho de que no escriba en mis textos continuamente expresiones del tipo: desde mi punto de vista, creo, me parece, pienso, considero, a mi entender, opino, sostengo, a mi juicio, y afines, no quiere decir que lo escrito sea una verdad absoluta, ni mucho menos. Quiere decir que es mi espacio y en él manifiesto lo que me sale de ahí abajo.

Se comprende -o debería comprenderse, vaya- que siendo el blog un lugar personal, cada cual va a defender en él sus ideas (que son juicios, prejuicios, pensamientos, reflexiones, etc., que nacen libremente de cada cerebro). Todo el mundo lo hace y prácticamente nadie escribe expresiones de opinión en sus artículos porque es un auténtico coñazo tener que recordar a cada instante que, efectivamente, lo que uno escribe es -¡oh, sorpresa!- su opinión. Digamos que son prescindibles.

En resumidas cuentas, y por si a alguna estrecha mente le cuesta asimilar tan difícil concepto, un blog es el equivalente virtual de la clásica columna de opinión de un periódico, pero sin periódico. Nadie escribe verdades absolutas, por mucho que el artículo no vaya introducido o concluido por típicas expresiones de opinión. En las columnas de opinión nadie inicia o finaliza sus textos expresando que se trata de su opinión, pues es evidente.

No creía necesario recordar esta cuestión, pero me he encontrado, por una situación personal, en la tesitura de tener que hacerlo. Y, dicho esto, seguiré con lo mío.

Sobre política.

Odio la política. Odio izquierdas, centros y derechas. Odio los partidos. Odio el poder. Odio sus masas, moviéndose como las mareas: según la luna que domine la noche.

Dormirse en el cine.

Dormirse en el cine no deja de ser una situación un tanto embarazosa. Se supone que al cine se va con cierto interés en lo que allí se proyecta. Pagar "paná" es tontería. Lo que ocurre es que alguna vez se elige una película que no cumple las espectativas y, por no abandonar la sala, uno acaba abandonándose al sueño. Alguna vez pasa. Es como tropezarse en la calle delante de un montón de gente o confundirse de teléfono al marcar el número. Son cosas que te pasan alguna vez en la vida, y si no te han pasado es que no has vivido lo suficiente. Es impepinable. Yo confieso: a mí eso de sobarme en la butaca ante la gran pantalla me ha pasado varias veces: cuatro, para ser exacta. Y las recuerdo nítidamente:

La primera fue en la reposición de una de las películas de Star Wars, en 1997, cuando George Lucas -su jardinero o su perro, vete a saber quién fue el responsable- tuvo la brillante idea de quitarles el polvo, meter cuatro escenas más y volver a cobrar en taquilla por ellas. Fui a verla con una de mis mejores amigas, que es 'friki' hasta las médula de la saga (que para mí es una chuminada como otra cualquiera, pero para gustos los colores), sin saber dónde me metía. La verdad, me dormí de puro aburrimiento y me arrepentí enormemente de haber gastado mi escaso dinero en aquello. Para colmo, ella ya la había visto cincuenta veces porque tenía la película en todos los formatos posibles y en todas las versiones infumables que vendían de la saga, pero nada, que la chica quería tener su recuerdo de la pantalla grande y yo fui la cateta que dijo: "Vaaaale, ya te acompaño yo...".

La segunda vez que me dormí fue en la película de Los Ángeles de Charlie, en 2000, cutre adaptación cinematográfica de Joseph MacGinty (¿y este tío quién coño es?). La última escena que recuerdo de aquel bodrio fue una gran explosión a la que, "milagrosamente", sobrevivían las tres putillas -más que ángeles- que protagonizaban el film. Lo siguente ya fueron los créditos, así que de aquella experiencia sólo guardo una laguna enorme, como cuando pillas una cogorza y al día siguiente todo parece un sueño muy feo y muy oscuro.

La tercera vez la recuerdo como una tortura: Zodiac, en 2007, de David Fincher (quizá más conocido por Seven, con Brad Pitt). Aunque sólo me faltaba sujetarme los párpados con un par de clips, me resultó imposible mantener los ojos abiertos durante el film y pasé dos horas y media de angustioso cabeceo. Es una de las películas más insípidas que he visto nunca. Prometía en su comienzo y luego fue desinchándose hasta resultarme insoportable, como un globo que pierde el aire en un prolongado y agónico soplido al estirársele la boquilla y despierta deseos asesinos de acabar con su chirrido torturador.

Y la última fue hace poco, con Millenium II. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Millenium I. Los hombres que no amaban a las mujeres me agradó. No era una obra maestra, pero tuvo su puntito y me mantuvo en el asiento cómodamente, pero esta segunda parte fue una flagelación. A diferencia de la ocasión de Zodiac y mis intentos por mantener el tipo, con Millenium II no evité en ningún momento el sueño, yo creo que porque ya tenía tablas en el asunto. Es más, me acurruqué en el hombro de mi novio y sólo me desperté con los sobresaltos de las escenas más ruidosas. Y todo sin perder el hilo, ¿eh? Si bien no hay mucho hilo que perder, todo sea dicho. Otra película insulsa para la posteridad.

Amargo.